Diario de un campista

 

Quiero estar con Merche, pero eso implica pasar las vacaciones con toda su familia. Y cuando digo todos, quiero decir todos: una madre mandona, un padre iracundo, un hermano pasota, una sometida ama de casa como cuñada y dos chillonas y mal educadas sobrinas. Todos en una rulote de un camping playero. Todos. Vacaciones dignas de "Gran Hermano VIII". Y lo patético comienza con mi nombre. A partir de mañana yo dejaré de llamarme Manolo y pasaré a ser El Novio de la Niña.

Ahora, cuando faltan escasas horas para la cuenta atrás, cuando mi bolsa de viaje está repleta de libros, música y pasatiempos para llenar diez días de mi vida, ahora, es cuando Joaquín decide hacer el payaso entrando y saliendo continuamente a la habitación con cara de resignación. Suelta, por fin, un hondo suspiro que me lleva a estallar en un ¡ya está bien, que no eres mi madre, sólo mi compañero de piso! Sé que cuando regrese sacará de la manga el as de ya te lo dije y que lo que realmente quiere es que le acompañe a Ibiza. ¿A que sí, Joaquín? Pues no puede ser. Te escribiré un diario vacacional, le digo. Te explicaré cómo es la vida en un camping, qué tal se duerme, se relaciona, se pasea, se come, se besa. En el fondo, esto último es lo único que me importa. Lo único que motiva mi viaje. Sólo eso. Y ver a Merche continuamente a mi lado luciendo su minúsculo bikini. Sí, de eso se trata. Ya verás, todo va a ir bien, muy bien. En el fondo son buena gente. Muy en el fondo, pero buena gente. No pongas esa cara, hombre, que sólo son diez días. En serio, no me quedaré ni uno más. Palabra.
No sé si llegaré a arrepentirme, pero escribiré el diario, por si acaso.

"Primer día

Dicen que la primera impresión es la que cuenta. Y yo sentí desolación a medida que recorría el camping. Me parecía estar paseando por un campamento de chabolas o por un campo de refugiados. Lujoso, sí, pero un campo de refugiados. La gente caminaba de un lado para otro con escasa ropa, echados aquí y allí, rodeados de toallas y camisetas tendidas en cuerdas que iban de árbol a árbol. Cocinas equipadas, sofás, macetas, hamacas, piscinitas y televisores se exhibían por doquier. Me sorprendió ver claramente las diferencias existentes entre las eternas clases sociales: tiendas de campaña juveniles, comanches prácticas, caravanas perpetuas y bungaloes contemplados con cierto rictus de envidia por los que paseaban a su alrededor.

Por la tarde conocí la supuesta estupenda piscina. Chico, qué quieres que te diga. Se trataba de un trébol gigante que era incapaz de engullir a tanta gente que calentaba el agua sólo con su presencia. Pero estaba con Merche. Sólo por eso merecía la pena ser una legumbre y remojarme en ese caldo, con moscas muertas y pelos flotantes incluidos, y en el que no podía nadar ni zambullirme desde lo alto.

¡Ah!, efectivamente, soy el Novio de la Niña. Pero lo dicen con un orgullo que me deja la cara marcada con una sonrisa bobalicona. En el fondo me quieren, ya ves.

Segundo día

Esta mañana fuimos a la playa. Tenía puestas todas mis esperanzas en poder meter mano a Merche debajo del agua, pero no. Tuvimos que cuidar a sus dos sobrinas. Dos auténticas pelmazas de seis años que comen donuts y patatas fritas a todas horas, que hablan perforando el tímpano ajeno y que son el castigo de este infierno de barbacoa en el que vivimos.

He ganado trece euros jugando al tute. Es lo único que se puede hacer después de comer: jugar a las cartas mientras se disipa toda la humareda que desprenden las parrillas de alrededor, con sus kilos de carne a la espera de ser devorados por caníbales en taparrabos.

Vuelvo a escribir de noche. El reloj de mi cuñado acaba de sonar marcando la hora en punto. Me saca de quicio oír cada 60 minutos el sonido de ese inmenso reloj que lleva clavado en la muñeca. También odio las cancioncillas que emite su teléfono móvil cuando recibe una llamada y los ruiditos de su juego de marcianos. Es insoportable.

El otro odioso es mi suegro. La paz y la tranquilidad nocturna se rompen con sus ronquidos. Cuando no ronca, fuma puros. O si no, tose. Es una persona con olores y sonidos desagradables incorporados. Entre su tos matutina, los cantos de los pájaros, las pisadas en la grava de la gente que va a los lavabos y la preparación de los desayunos de las vecinas madrugadoras de al lado, se puede decir que no pego ojo y que vivir en un camping es cansadísimo, aunque no hagas nada de nada. Ni siquiera leer. ¿Te puedes creer que no hay manera de continuar con el libro que me dejaste de Saramago? En cuanto me ven con él me dan conversación porque creen que me aburro. Así, como te lo digo. Y tampoco puedo colocarme los auriculares para escuchar música porque dicen que lo hago para aislarme de ellos. Increíble, Joaquín.

Tercer día

Anoche dormí peor. No consigo desconectarme del ruido de los trenes que pasan aquí al lado. Sobretodo del mercancías nocturno, que decide frenar en un largo e interminable tramo de vía para esperar, silencioso, a que el Talgo le cruce. Entonces reanuda, extenuado, el movimiento. Unes esto a los ronquidos de mi suegro, el relojito de mi cuñado, las pisadas en la grava provocadas por las incontinencias nocturnas y mañaneras de los campistas y los desayunos preparados por esas vecinas que se levantan en cuanto aparece el sol, lo unes todo, y resulta que soy un torturado por circunstancias ajenas que devoran mi necesario descanso. Las brujas de al lado, por ejemplo, deben llevar en sus venas la sangre de aquellas campesinas que en la antigüedad eran las encargadas de hacer el pan, ordeñar las vacas, ir a por agua a la fuente, sacar las ovejas a pastar... Aquellas mujeres están encarnadas ahora en estas vecinas "caravaneras", que con sus sonidos de vasos, cafeteras, tostadoras, cuchicheos y risas celebran el nuevo día rompiendo el sueño de los demás (o sólo el mío, porque el resto de los mortales no ha sido despertado por ellas, ni por pisadas en la grava, ni por relojes, ni por ronquidos, ni por trenes).

Después de comer, Merche y yo nos fuimos a fregar los platos, para sorpresa de los hombres y orgullo de las mujeres del clan. Y es que ellos no mueven ni un dedo durante todo el día y ellas, que tanto se quejan de la nula cooperación de aquellos, tampoco dejan que aquellos les echen una mano. Y tardamos lo máximo en fregar y aclarar para poder estar, al fin, solos. Me encanta la mirada de Merche. Parece que tiene un bosque en sus ojos. Un bosque en el que me gustaría perderme y en el que no me importaría que sus pájaros me despertaran.

Cuarto día

De madrugada, un par de moscas pegajosas se divertían aterrizando en mis brazos o en mi cara. El zumbido penetraba dentro de mis sueños y me provocaba pesadillas. Colérico, decidí cambiar el rumbo de esta existencia anodina: me fui a la playa para bañarme el primero, para recibir antes que nadie los incipientes rayos solares, sin compartir nada, todo para mí: agua y sol. Y por el camino decidí vengarme de tantas noches sin pegar ojo: daba zapatazos por la grava, saludaba a pleno pulmón a personas inexistentes, ladraba, corría... A mi regreso me esperaban las caras largas de Merche y su familia. Perdí mi supuesta dignidad en cuanto entré en el "avancé", porque esas personas con las que comparto caravana y comida no pueden entender mi angustia por ser despertado continuamente por sonidos inexistentes para ellos pero reales para mí.

Merche y yo volvimos a fregar los platos, esta vez mediodía y noche, y nos llevamos de nuevo, en el barreño, las miradas sorprendidas de su padre y de su hermano y los gestos orgullosos de su madre y de su cuñada. Ellos, en sus tumbonas, reflexionaban sobre la vida de las musarañas. Ellas, con las manos vacías de trabajo, buscaban en sus mentes algo alternativo para hacer.

Además, nos hemos bañamos (¡a solas!) en la playa, mientras hacíamos descubrimientos que se situaban dentro de nuestros respectivos bañadores. Me quería perder en ese bosque que tiene por ojos y que al besarlos saben a sal. Y esperamos al atardecer, que nos regaló un sol redondo e inmensamente anaranjado que decidió extraviarse, poco después, en el fondo del mar, a nuestros pies.

Ha sido mi mejor día. Ya me gusta el camping.

Quinto día

Hoy, por hacer algo distinto, he acompañado a mi cuñado al pinar. No te lo había dicho, pero se ha traído el periquito y cada mañana se lo lleva de paseo. Es penoso acompañar a un tío hecho y derecho que lleva en la mano una jaula enfundada en una tela de cuadritos verdes y blancos. Al llegar al pinar deja la jaula en el suelo, abre cuidadosamente la cremallera para que el pájaro contemple la naturaleza, se sienta apoyado en un árbol próximo y espera a que el animalito cante. Eso es todo. Y como él, otros. Y allí hablan de la raza del pájaro, de la marca del alpiste, de cómo canta... Yo estaba tan alucinado que sólo esperaba que llegara la noche para poder escribirlo. Mi cuñado, un ser al que todo le da igual, que incluso niega la palabra a su mujer e hijas, resulta que le dice ternuras a un pájaro al que lleva a pasear. Ver para creer.

He aprendido a jugar al póquer y he arrasado en las apuestas, pero mis ganancias han sido ridículas porque en esta ocasión ellos sólo apostaron céntimos. Después, me fui a lavar los platos. Esta vez, yo solo. Dejé a las mujeres pintándose las uñas de las manos y de los pies y no hicieron ni siquiera el ademán de acompañarme hasta los fregaderos. Los hombres, por su parte, giraron sus respectivas caras hacia la jaula del pájaro cantarín, colgada en la morera que nos corresponde por parcela. Las sobrinas gordinflonas, hartas de la bicicleta, me impusieron su presencia, pero yo, muy digno, les dije que se fueran a tomar por saco.
Esta noche he hecho la cena y luego he fregado los platos. Faltan cinco días para mi regreso.

Sexto día

Cuando las brujas madrugadoras de al lado me despertaron con sus desayunos, yo hice lo propio para Merche y su familia y preparé el café con leche y el cola-cao de las niñas. Hale, hale, para arriba, les dije, que ya ha salido el sol. A las ocho ya los tenía desayunados, lavados, peinados y dispuestos a hacer una salida al pueblo, pues yo aún no lo conocía. Y allí les invité a comer en uno de los restaurantes del paseo marítimo porque ya estaba harto de los macarrones con tomate de cada día.

Hoy la luna llena merece ser vista desde una de las tumbonas de los reyes del clan, los cuales nunca me dejan utilizar porque las usan constantemente. Esta noche dormiré aquí fuera, tapado con una de las toallas ahumadas con los puros de mi suegro.

Séptimo día

Acaba de suceder. Merche me ha llevado al séptimo cielo. Inesperadamente, cuando todo el mundo ya dormía, ha salido de la caravana, me ha cogido de la mano y hemos entrado en los lavabos. No te cuento más. Maravilloso.

Estoy realmente agotado, no por eso que tú te imaginas y que no voy a contarte, sino porque ya no puedo decir que aquí, en el camping, no se hace nada de nada. Hoy me ha tocado preparar el desayuno, fregar los cacharros del ídem, hacer la comida, lavar la vajilla, preparar la cena y fregar todo lo ensuciado. Mientras, el resto del clan dormitaba, hacía visitas a los conocidos acampados a lo largo y ancho del recinto o leía revistas del corazón, a las que me he aficionado yo también.

Faltan tres días para mi regreso. Me dará pena dejar aquí a Merche con su familia, pero estoy deseando volver y seguir con el ritmo de mis cosas como, por ejemplo, con la novela de Saramago, pues dejé abandonado al protagonista en lo alto del tejado del colegio rompiendo un vidrio para lograr entrar en los archivos y no he vuelto a saber nada de él. Es que ni ahora, en la soledad de la noche, puedo leer, porque si lo hago no escribo el diario y esto es la única porción de libertad que se me concede (claro que ellos no saben de su existencia).

Octavo día

¡He dormido de un tirón! No he oído ni trenes, ni ronquidos, ni relojes, ni pisadas en la grava, ni pájaros, ni vecinas preparando el café. Nada. Nada. Nada.

He fregado, cocinado, doblado ropa, jugado a las siete y media, he comprado en el súper y, lo más importante, he limpiado la jaula de Pituso, el periquito, el cual me ha dedicado unos trinos maravillosos en señal de agradecimiento.

No he visto agua salada ni dulce. Por no ver, ni siquiera he visto a Merche, que se ha pasado todo el día con sus antiguas amigas. Tampoco a mi cuñado ni a su mujer, que huyeron al pueblo dejándome a las gemelas barrigonas para que las cuidara yo. Mis suegros también se fueron, aunque no me dijeron a dónde, y yo aproveché esa circunstancia para comprarles una barbacoa que les hiciera sentirse tan importantes como el resto de vecinos. Les ha hecho mucha ilusión, pero prefieren otro modelo más bonito y más caro y mañana la cambiarán.

Estoy reventado. Veo una caja de cigarros encima de una revista. Me fumaré uno. Sí, ya sé que no fumo, pero de algún modo tengo que ahogar la ansiedad que desde hace dos días noto cerca del corazón y que en lugar de huir ha decidido anidar y hacerme compañía. Mientras, miraré en Lecturas las fotos de la boda de la "nietísima".

Noveno día

Los padres de Merche me han propuesto que deje de compartir piso contigo y con Mauricio. Que para qué voy a gastar mi dinero si puedo vivir con ellos hasta que encuentre un trabajo mejor y nos podamos casar la Niña y yo. Eso dicen. Ya ves, me quieren casar. Además, el uno por iracundo y la otra por mandona, me lo dijeron no con la suavidad de una propuesta, no, sino con la dureza de una obligación. ¿Y qué quieres que te diga?, pues que me ha parecido una buena idea. Y así, si vivo con ellos, Merche y yo esteremos más tiempo juntos, ¿no?

He preparado el desayuno, la comida, la merienda y la cena con sus lavados correspondientes. He llevado la ropa sucia a la lavadora, la he tendido, la he doblado. He fregado la caravana por dentro y las ventanas por fuera. He limpiado la jaula de Pituso y me lo he llevado de paseo. También he sacado a dar una vuelta a las bestias de los donuts y les he comprado media docena de huevos de chocolate en el súper, cuando fui a buscar fruta, carne y pescado.

Hoy tampoco me he bañado, ni siquiera en las duchas, porque se me quitaron las ganas al pensar en la pérdida de tiempo que suponía hacer cola mientras el trabajo en la caravana aumentaba por momentos.

Mi cuñado el odioso me ha dejado su móvil para deciros que no regresaré. No estabais en casa, así que volveré a llamar mañana.

Me fumaré un cigarrito y me iré a dormir.

Décimo y (en teoría) último día

Joaquín, seguís sin estar en casa. Supongo que, al final, os habéis ido a Ibiza. Bien hecho. Te envío este diario por correo y os hago saber que he decidido quedarme en el camping hasta que se me acaben las vacaciones. Después me mudaré a casa de mis suegros. Buscad otro compañero de piso para pagar los gastos de alquiler. Yo, al fin y al cabo, ya no soy el mismo que conocisteis tiempo atrás: ahora fumo Marlboro, me gusta la cerveza Águila, las canciones de Manolo Escobar y de El Fary, juego a las cartas y al dominó, leo las revistas del corazón y saco de paseo a un pájaro cantarín. Así pues, ganáis con el cambio.

Ya nos veremos a final de mes, cuando pase a buscar mis cosas. Hasta entonces, un abrazo.


Manolo"

Joaquín acabó de leer la extensa carta de Manolo. Mientras la doblaba para guardarla en el gran sobre oyó que se cerraba la puerta del piso. El saludo del que entraba se estrelló con las palabras que Joaquín le lanzó: tenemos malas noticias, le dijo. Le extendió la abultada correspondencia y salió del comedor para que su amigo leyera la carta a solas. Cuando volvió a entrar, Mauricio llegaba al último párrafo del diario. Soltó un joder, tío, qué fuerte, y se miraron a los ojos con una pizca de resignación. Mira que se lo dije, declaró Joaquín con un hilo de voz. Ya, respondió el otro, pero qué fuerte tío, qué fuerte. Sí, declaró Joaquín, sabía que iba a pasar, lo sabía. ¿Y ahora qué hacemos?, preguntó Mauricio. Nada, contestó Joaquín, esperar a que otro chollo como él ocupe su plaza en este piso.

 

Finalista en El Premio Literario de Relatos Breves "Revista Digital IES Ventura Morón"