¿Te apetece tomar un café?

 

Elena

Elena volcó la papelera en una bolsa de plástico. Le llamó la atención un sello en un trozo de papel azul. En lo que antes había sido un sobre con el color del cielo había un sello intacto. Apartó con sumo cuidado papelitos que habían pertenecido a antiguas propagandas, a tiquets de compras pasadas y a antiguas cartas de banco y pudo recomponer un puzle que traía como remitente el nombre de su amiga Montse y como destinatario el suyo: Elena Martí. Dentro, una postal rasgada en varios trozos con el dibujo de un teléfono y la frase “Llámame, hace mucho que no sé nada de ti”. Lo firmaba una amiga que había dejado de existir en su agenda. Una punzada en la muela le recordó que esa molestia bucal era la que la había dejado en casa sin ir al trabajo. Pensó que quizás el dolor que sentía dentro de su corazón se le salía por esa muela. Lo mejor sería extraerla y liberarse de esta manera de sentimientos buenos que la excluían y de malos que la envolvían. Liberarse, por fin, de esa sensación de pérdida de afecto en la que se encontraba.
Elena se quedó en el suelo, sentada con los restos de una postal que no había llegado a sus manos y que había pasado por las censuradoras de su marido. Se preguntó, como tantas veces al cabo del día, porqué seguía con él y porqué él consideraba que tenía que dirigir su vida, sus amistades y demás temas cotidianos. Se quedó amorfa y no sintió en ningún momento el estado de nervios del que las protagonistas de las películas hacían uso para llenar desesperadamente una maleta de ropa mal colocada. Unas protagonistas que se iban rápidamente a un lugar que siempre las esperaba en la siguiente escena. Ella sólo pensó en preparar el bizcocho preferido de su marido: puso los ingredientes en el mármol de la cocina y a la hora de batirlos añadió a la levadura un par de sobres de insecticida concentrado. Los sobres que él utilizaba en unas plantas que robaban un tiempo que nunca sería para ella. Tuvo la genial idea de cortar las tres y únicas rosas rojas de las que tan orgulloso él se sentía y llenó un jarrón con agua para ponerlas dentro, admirando por primera vez cómo la venganza se convertía en belleza. Sí, realmente había sido una buena idea cortar las rosas. Su marido no compartiría esa opinión, por supuesto, pero el horno de Elena no estaba para esos bollos. Programó el de la cocina tres cuartos de hora, metió el molde dentro y escribió una nota para que no dejara de probar el bizcocho que le dejaba preparado. Se tomó una aspirina, se duchó, se pintó las uñas y sacó una pequeña maleta que guardaba en el altillo del armario. Aún precintada. Castigada, como ella, a no realizar ningún viaje, ninguna ruta, ningún fin de semana para ver, por fin, la nieve. La llenó cuidadosamente con ropa de invierno en ese caluroso mes de junio, metió en el bolso una revista, la cartilla del banco y la de la seguridad social, apagó el horno que comenzaba a dar las campanadas de fin de cocción y salió de su casa suavemente, sin dar portazos, con la convicción de que no se merecía la vida que llevaba y de que había llegado el momento de cambiarla.
En el ascensor se preguntó, por primera vez, a dónde iría.

Arnau

Arnau miraba, desde la barra del bar, el portal número 13 mientras se tomaba una cerveza. Desde hacía un mes se acercaba cada tarde a ese lugar para ver salir a Gisela del despacho en el que trabajaba. Cada tarde a las siete. Desde hacía un mes. Y ella, vestida tal y como Arnau se imaginaba que vestían las abogadas, salía siempre del número 13 con un traje de escote pronunciado, con un maletín de piel negra en la mano derecha y con buen paso desde la altura de unos zapatos puntiagudos. Y cada tarde, desde ese portal, Gisela se dirigía a la zona azul para subirse en un coche que ladraba cuando le quitaba la alarma con su mando a distancia.
Pero esa tarde sería diferente. Esa tarde Arnau se acercaría, por fin, a ella. Le preguntaría si le reconocía. Si se acordaba de él. Y cuando lo hiciera le daría dos besos y le invitaría a tomar un café. Sí, de esa tarde no pasaba. Llevaba un mes ensayando lo que le iba a decir, las posibles reacciones de ella, sus posibles preguntas e hipotéticas respuestas. Esa tarde sería especial. Cuando vio que Gisela salía del portal número 13 pagó su consumición, se metió en la boca un chicle de menta y se fue hasta la zona donde ella tenía aparcado el coche ladrador.
Se encontraron cara a cara. A él se le olvidó lo que se había aprendido de memoria y sólo le quedó un nerviosismo que le sacudía de arriba a abajo, dejándole mudo y acalorado. A ella le vinieron a la mente imágenes de adolescencia que sólo tenían como referencia al hombre que había aparecido delante de ella. Se quedó, también, muda y acalorada, pero sólo por un instante. Después sonrió abiertamente y pronunció el nombre de Arnau, rescatándole así de un pasado roto y olvidado.
-¡No me lo puedo creer! Es increíble. No puedo creérmelo… –repitió Gisela mientras se acercaba sonriente a darle un par de besos en sus mejillas rasposas.
-¡Caramba, qué sorpresa! –respondió Arnau, algo atontado por haber olvidado el guión.
-¿Cómo estás? –quiso saber ella.
-Pues ya ves... –le dijo subiendo los hombros y metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Gisela arqueó las cejas, pidiendo, visualmente, algo más a esa respuesta efímera, insustancial y neutra.
Y Arnau no supo darle esa respuesta, ni pudo invitarla a tomar un café, ni preguntarle a qué se dedicaba aunque ya lo sabía, ni le contó cuánto se acordaba de ella, ni habló de nada que resultara convincente para ese falso y casual encuentro. Se sorprendió respondiendo a preguntas que ella le formulaba. Y a Gisela le fastidió la autosuficiencia que él exhibía en la conversación. Y el poco respeto y el desprecio que seguía mostrando hacia los demás, hacia la sociedad en general o hacia los amigos de antes. Queriendo parecer gracioso. Pretendiendo no se sabía qué. Y entre respuesta y respuesta le repugnó que él masticara con la boca abierta, mostrando no sólo el chicle verde sino también los dientes amarillentos que año tras año había ido castigando el tabaco. El odioso tabaco que comenzó a fumar cuando eran adolescentes, cuando habían sido novios por poco tiempo, cuando él la dejó pretextando una excusa inverosímil que nunca llegó a creer.
Arnau siguió en su nube cuando ella se despidió mientras abría la puerta del BMW ladrador, sin importarle, porque no lo preguntó, a dónde se dirigía él y si podía llevarle. Con ojos vidriosos vio cómo el bulto azul se alejaba hasta convertirse en un puntito que giraba a la derecha, después del último semáforo. Suspiró, tiró el chicle en una papelera y encendió un cigarro. Dio tres largas caladas y se fue a buscar su coche, aparcado dos calles más allá. El dolor de su amor propio le impedía respirar y llegó a la conclusión de que tendría que dejar de fumar. Mientras se giraba para ver el imposible retorno de Gisela en su BMW azul pensó en su hermana Montse y en la teoría que ella defendía sobre los dobles de la gente. Por eso, por hacerle caso, se encontraba ahora con ese dolor de sentimientos rotos. Y todo porque su hermana le explicó que había conocido a alguien idéntico a él, con un hijo que se llamaba como el suyo y con una esposa que compartía el mismo nombre de su primer amor. Tantas casualidades le llevaron a crear en su mente la idea de que él había cometido una torpeza muy grave al haber dejado escapar a Gisela en el pasado y que por eso no era feliz en el presente ni podría serlo en el futuro. Durante un mes había inflado la burbuja del encuentro con ella y ahora acababa de estallarle en la cara, devolviéndole a una realidad absurda, sin tiempo ni ganas para la felicidad. Con un trabajo agobiante, con un matrimonio desgastado y con unas deudas que sólo saciaba ese mismo trabajo agobiante que seguía desgastando la misma relación matrimonial. Creándose, día tras días, una rueda que giraba sin fin en ese espacio y tiempo que dolía compartir.
Vio en una parada de autobús a Elena, la amiga de su hermana. A sus pies tenía una maleta y su mirada también la había dejado ahí abajo. Una maleta nueva y flamante que contrastaba con una mirada estropeada y agotada. Arnau se acercó obligadamente cuando ella le descubrió, quizás movida por algún hilo invisible que le obligó a dejar de mirar sus pies y a centrarse en la vida que tenía frente a ella. Arnau pensó sólo en un saludo y en el ofrecimiento de su coche para llevarla a donde se dirigiera. Al abrir la boca se encontró en sus labios con una frase interrogativa que aún esperaba el momento de salir. Saboreándola, le ofreció a Elena la pregunta que no había podido hacer un cuarto de hora antes a la persona errada:
-¿Te apetece tomar un café?