¿Adónde?

       

            La fecha que más temo, mucho más que la Navidad o el cumpleaños de mi suegro, es esta cena anual de los DIGUIAC (Directores, Guionistas y Actores).
Y año tras año estoy aquí, acompañando a Ramón, el único que, perteneciendo a la sigla DI, es capaz de leer las memorias del príncipe ruso Kropotkin para relajarse entre toma y toma. Le observo desde la corta distancia que llenan camareros y fotógrafos. Desde esta distancia veo a mi marido como un extraño, como un ser al que debería “hipotéticamente” evitar a partir de ahora y después de treinta años.
Y todo porque está hablando, extasiado, con una actriz que ha sido elegida entre tres mil aspirantes para convertirse en una heroína del extrarradio urbano. Y todo porque me siento como Emma Thompson en Love Actually cuando descubre que el regalo que le hace su marido no es la joya que vio en su bolsillo días antes, sino un sencillo pero emotivo CD musical.
Me encierro en el lavabo y llamo a Ramón por el teléfono móvil. Me imagino que en su pantalla sale mi número, uno más de los cien que tiene guardados, y es su voz áspera, tan similar a esas sogas que hieren las manos del que quiere sacar agua de un pozo, la que me empuja a decirle que le abandono y que dejo de ser su acompañante perpetua de ésta y otras cenas, incluida la de Navidad y la del cumpleaños de su padre. Y, para que no me fulminen sus palabrotas, a las que no me acostumbro, a las que ya no puedo dejar correr como animales salvajes por la jungla, para que no me fulminen, cuelgo el dichoso aparato y lo dejo aquí, en la papelera, entre compresas y tampones, sonando como un desesperado que quiere ser rescatado y al que no pienso hacer caso bajo pena de convertirme en rehén en lugar de salvadora.
-¿Es tuyo el móvil que suena? –me pregunta una invitada que acaba de entrar en los aseos y que por su belleza exuberante bien podría ser la Scarlett Johansson española-. ¿Te lo has dejado olvidado dentro? –abre al máximo sus ojos azules, cierra, al máximo, también, su boca roja para pronunciar todas las os de su corta frase.
-Soy sorda, perdona –le respondo sin mirarla, temiendo, quizás, ser reconocida y que acabe preguntándome por qué quitaron mi serie de la programación sólo tres semanas después de ser estrenada. Por qué, eso digo yo. Niveles de audiencia, me contaron. Eso leí en la prensa. Eso nos creímos todos los del equipo.
Un tremendo cansancio comienza a caer lánguido desde mi coronilla al talón de Aquiles y quisiera volverme líquida para mezclarme con el agua del grifo que acabo de abrir. Líquida para desaparecer, para salir por el desagüe como el que sale, rumbo a cualquier destino, por una de las puertas transparentes y automáticas de un aeropuerto.
-¿Te encuentras bien? –me pregunta Scarlett.
Y yo me cuestiono, con mis ojos abiertos como esos platos toledanos que cuelgan de cualquier pared, con mis pestañas postizas haciendo equilibrios para no saltar fuera del margen adherido, con mis arrugas gallineras mantenidas a raya por el maquillaje y las cremas, yo me cuestiono cómo es posible que siempre se utilice esa interrogación ante cualquier imagen que no deja lugar a dudas. Así, por ejemplo, en todas las películas, cuando las balas impactan en el cuerpo de uno de los actores, siempre hay alguien que pregunta al herido ¿te encuentras bien?  Por supuesto que no estoy bien, le digo a mi bolso, el único que con su color exterioriza mi estado de ánimo. El único que en su interior guarda detalles de mi vida. Poca cosa, un pañuelo, un perfume, una agenda, un monedero repleto de tarjetas de crédito, una estampa de la Virgen del Perpetuo Socorro, unas llaves que no volveré a utilizar...
El teléfono continúa gritando detrás de una de las siete puertas de roble de este aseo con siete lavamanos de acero inoxidable, con toallitas de rizo blanco en sus siete canastas de mimbre azul, con pastillas de jabón Heno de Pravia inalterables en su forma y color y también con el número mágico en el recuento visual que hago por hacer, como el que pasea por pasear, como el que habla por hablar o el que come por comer. Un aseo que refleja en sus espejos el aumento de presencia femenina vestida lujosamente. Peinada perfectamente. Calzada dolorosamente. Una presencia que se cuestiona, respecto al chillón e insistente sonido del móvil, de quién es, por qué suena, qué ocurre, qué...
Me dirijo hacia la puerta de salida de este salón de convenciones sin poder oír el taconeo de mis pies en los mármoles relucientes de color rosado, sin poder escuchar ninguna de las conversaciones de las estatuas vivientes y monocromáticas que hay a mi alrededor, sin saber si yo misma soy sólo un par de zapatos altos y de charol, una estatua más que no es la de la libertad.
Una vez fuera, en este exterior oscuro de luces falsas, en esta avenida de muchos árboles y poca gente, en este pavimento en el que sí se oyen mis pasos, en este silencio en el que sí me siento viva y libre sin necesidad de ser una estatua con antorcha, una vez fuera y con total convicción, entro en un taxi que me llevará, seguro, al nuevo capítulo que han escrito para mí los guionistas de la vida. El taxista se gira y me pregunta ¿adónde? con la misma cara agotada de Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Le observo con unos ojos más propios de una vaca que ve pasar un tren cerca de sus pastos y me digo que ante mí tengo a un pobre hombre que, por motivos laborales, siempre repite lo mismo, la misma frase, al igual que Murray se despertaba una y otra vez con la canción I’ve got you, babe en el perenne día de la marmota.
-¿Adónde?–repito yo con un hilo de voz, sin mostrar sorpresa ni escándalo.
Miro intensamente a la cámara y oigo más allá ¡Corten! Toma buena.

 

Tercer Premio en el Certamen de Cuento Breve 'Cuentos del Sur' convocado por el Directorio del Boulevard Shopping de Adrogué y la Biblioteca Popular y Municipal Esteban Adrogué de la Municipalidad de Almirante Brown (Argentina) en noviembre de 2006.